Imagen    La elaboración de la filosofía materialista dialéctica ha sido uno de los logros más importantes en la historia del espíritu humano. En la elaboración de dicha filosofía, ocupa un lugar central el nombre de Federico Engels.

A menudo suele subestimarse el papel jugado por este filósofo en dicha empresa, puesto que tal obra va asociada con mayor fuerza a otro nombre: Carlos Marx, su amigo, con quien colaboró muy estrechamente y cuya grandeza intelectual brillaba con tal intensidad, que no podía dejar de opacar al resto de pensadores que le rodeaban.

El materialismo dialéctico es la columna vertebral de todo el marxismo; sistema de ideas elaborado por Marx. De ahí que se tome, casi sin pensar, a este genio como único fundador de esta concepción filosófica. Fue la sombra de este gigante, la que oscureció todos los aportes brindados por Engels, aún cuando éste fuese al mismo tiempo, también un gigante.

No se trata pues, simplemente de que uno haya sido mejor que el otro. Es innegable que Marx aventajaba en muchos aspectos a Engels, como también es innegable que por sí mismo y, sin la ayuda del segundo, jamás habría llegado a construir todo el imponente sistema de ideas que logró edificar. Ambos fueron, en este sentido  igualmente importantes. Pero ¿a qué se debe entonces la subestimación sufrida por Engels? a este primer factor hay que añadirle otro, del cual es culpable el mismo Engels: su excesiva modestia. Nunca estuvo movido por el anhelo de gloria. La misma filosofía se había encargado de mostrarle, cuan poco importante resultaba laborar en provecho de la propia individualidad, en lugar de hacerlo en provecho de toda la humanidad. A esto último consagró su vida, tanto así, en el terreno de la vida práctica como teórica.

Las fuentes directas del materialismo dialéctico, encuentran su núcleo, como filosofía ya madura, en Federico Engels. Marx estaba tan ocupado en la elaboración de su obra El Capital, que no tuvo  lugar de desarrollar esta área del pensamiento marxista; por ello, no se puede comprender en su totalidad, la filosofía marxista sin leer los trabajos de Engels, en especial: Anti-Dühring, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana y Dialéctica de la naturaleza.

Engels estaba muy al tanto del desarrollo de las ciencias naturales y pensaba que éstas presuponían una importante confirmación de la dialéctica La naturaleza es la piedra de toque de la dialéctica,-Escribía- y tenemos que reconocer que la ciencia moderna ha suministrado para esa prueba un material sumamente rico y en constante acumulación, mostrando así que, en última instancia, la naturaleza procede dialéctica y no metafísicamente.[1] Tuvo la intención de exponer estas ideas en su libro “Dialéctica de la naturaleza”, pero, tras la muerte de Marx, la importante tarea de ordenar los inmensos manuscritos dejados por aquel, para poder publicar los tomos II Y III de El Capital, le obligaron a renunciar a sus propios trabajos. Su obra vio la luz hasta 1925, a pesar de todo, es muy importante para el estudio de la filosofía marxista.

Resulta evidente, por tanto, el valioso aporte de Engels, sin el cual, la filosofía marxista apenas habría llegado a esbozarse y sin el cual, los tomos II y III de El Capital, no hubieran llegado a publicarse. A pesar de ello, Engels jamás pretendió ningún reconocimiento, y siempre se expresó en términos muy modestos. Así, en su Ludwig Feuerbach, encontramos, en un pie de página la siguiente cita:

Últimamente, se ha aludido con insistencia a mi participación en esta teoría; no puedo, pues, por menos de decir aquí algunas palabras para poner en claro este punto. Que antes y durante los cuarenta años de mi colaboración con Marx tuve una cierta parte independiente en la fundamentación, y sobre todo en la elaboración de la teoría, es cosa que ni yo mismo puedo negar. Pero la parte más considerable de las principales ideas directrices, particularmente en el terreno económico e histórico, y en especial su formulación nítida y definitiva, corresponden a Marx. Lo que yo aporté —si se exceptúa, todo lo más, dos o tres ramas especiales— pudo haberlo aportado también Marx aun sin mí. En cambio, yo no hubiera conseguido jamás lo que Marx alcanzó. Marx tenía más talla, veía más lejos, atalayaba más y con mayor rapidez que todos nosotros juntos. Marx era un genio; nosotros, los demás, a lo sumo, hombres de talento. Sin él la teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso ostenta legítimamente su nombre.”[2]

Expresiones como ésta son muy frecuentes en la obra de Engels, sobre todo tras la muerte de Marx.

Engels giró instrucciones para que, al morir, su cuerpo fuera incinerado y sus cenizas arrojadas al mar. No quería ningún monumento tras su muerte. Pues como hemos visto, el ansia de gloria fue, en todo momento ajena a él.

En este ensayo, esperamos hacer una breve exposición de las importantísimas ideas filosóficas de este pensador. De igual manera, pretendemos demostrar su vigencia, hoy en día, cuando la ciencia ha dado pasos enormes, pudiendo resolver problemas aún no resueltos cuando Engels escribía sus obras.

I El desarrollo de los cocimientos científicos y la necesidad de una adecuada concepción filosófica.

Distan de ser un secreto, los enormes progresos que las ciencias naturales han logrado conquistar, sobre todo en los últimos dos siglos en los cuales, el acervo de conocimientos que la especie humana ha llegado a poseer, han sobrepasado los límites antes imaginados, resolviendo una multiplicidad de problemas, muchos de los cuales, el pensamiento especulativo apenas había podido llegar a plantear. Es este un hecho que Engels no podía dejar de lado, dándose a la tarea de rastrear las ciencias naturales hasta su origen: el renacimiento, periodo que comienza en el siglo XV y en el cual, el pensamiento humano pudo dar un salto cualitativo y en el que Engels ve, el origen verdadero de las ciencias naturales, tal y como las conocemos hoy en día. En ese periodo, el mundo de la Grecia antigua se le presentó a occidente con toda su fuerza liberadora; era tanta la energía con la que se abría paso en medio de las tinieblas del medioevo, que dio al traste con la dictadura espiritual instaurada por la iglesia, rompiendo aquella pétrea corteza que había paralizado todo el progreso espiritual de Europa, durante un milenio.

El progreso que se vivió en aquel entonces fue un proceso enteramente revolucionario y aquellos hombres que lo encarnaron, sentando las bases al posterior régimen burgués, unos verdaderos “titanes”, que poco podían compararse, sin embargo, con los actuales y limitados hombres burgueses. Aquellos expresaban la juventud de un nuevo periodo, mientras que éstos sólo expresan su senectud y su decadencia.

Las ciencias naturales, se desarrollaron por aquellos tiempos “revolucionarias hasta lo más hondo”, dado que tenían que conquistar el derecho a su propia existencia. A partir de entonces, ellas se fueron independizando poco a poco de los prejuicios religiosos, haciéndolo cada vez, a paso más agigantado (aunque sin poder lograrlo de manera definitiva, debido a los obstáculos que una sociedad dividida en clases le impone para llegar a este fin).

Primero se desarrolló la mecánica, lo que conllevó, al perfeccionamiento de los métodos matemáticos (periodo caracterizado por Newton y Lineo). Descartes estableció la geometría analítica y Napier los logaritmos; mientras que, posteriormente Leibniz y Newton, los cálculos diferencial e integral; Kepler descubrió las leyes del movimiento planetario y Newton las formuló, según el punto de vista de las leyes del movimiento de la materia.

Pero este periodo se caracteriza por la elaboración de una concepción del mundo en la que permanecía el punto de vista de una naturaleza inmutable; todo aquello que no comprendían, era atribuido directamente al creador. En ese sentido, las ciencias naturales habían caído en un punto de vista conservador. Poseían muchos más datos que los antiguos filósofos griegos, pero estaban muy por debajo de éstos teóricamente. En esta área, aun estaban empantanadas en la teología.

Los científicos de esta época abrazaban concepciones filosóficas erróneas. En esto, los filósofos de la antigüedad los aventajaban en mucho. En ellos a pesar de contar con un conocimiento inferior de las leyes naturales, encontrábamos ya “todo el originario y tosco materialismo, emanado de la naturaleza misma y que, del modo más natural del mundo, considera en sus comienzos la unidad dentro de la infinita variedad de los fenómenos de la naturaleza como algo evidente por sí mismo, buscándola en algo corpóreo y concreto, en algo específico, como Tales en el agua.”[3] Pues no estaban limitados por la división del trabajo que afecta tanto a los actuales hombres de ciencia. Los primeros filósofos griegos eran, al mismo tiempo, naturalistas: Tales era geómetra, fijó el año en 365 días y se dice de él que predijo un eclipse de sol. Anaximandro construyó un reloj de sol, trazó una especie de mapa (peírmetron) de las tierras y los mares y creó diversos instrumentos astronómicos. Pitágoras era matemático.”[4] Con lo que está claro, eran mucho más completos. Los científicos actuales desconocen en su inmensa mayoría todo lo relacionado con filosofía u otras ciencias ajenas a su campo de estudio.

Pero, si las ciencias naturales abrazaron ideas erróneas, la filosofía pudo mostrarles nuevamente su superioridad. Comenzando por Spinoza y acabando por los grandes materialistas franceses, se esforzó por explicar el mundo, partiendo del mundo mismo.

Pero las mismas ciencias naturales fueron, poco a poco, abriendo esta brecha, el primer paso no lo dio ningún naturalista sino un filósofo: Kant con su “Historia universal de la naturaleza y teoría del cielo” mostró nuestro sistema solar no como algo rígido, sino como algo que había devenido en el tiempo y se había desarrollado. La geografía develó restos de organismos ya no existentes, mostrando que las especies también tenían su historia. La física demostró como la energía se trueca la una a la otra, mostrando el principio ya planteado por Descartes de que la cantidad de movimiento existente en el mundo es siempre la misma. La química se encargó de comprobar la relación íntima, entre la naturaleza orgánica e inorgánica. Finalmente, la biología desmontó el punto de vista que veía a los seres orgánicos como seres rígidos e inmutables; haciendo desaparecer todas las fronteras entre los seres orgánicos (la genética moderna ha dado remate sólido a este hecho).

Con esto ve Engels el surgimiento de una nueva concepción del mundo que nos hace volver la mirada hacia atrás; hacia los fundadores de la filosofía griega, en quienes esta concepción no era, sin embargo, sino una genial intuición. Retornamos al viejo punto de vista dialéctico de los antiguos pero bajo un nivel superior. “Y así hemos vuelto a la concepción del mundo que tenían los grandes fundadores de la filosofía griega, a la concepción de que toda la naturaleza, desde sus partículas más ínfimas hasta sus cuerpos más gigantescos, desde los granos de arena hasta los soles, desde los protistas hasta el hombre, se halla en un estado perenne de nacimiento y muerte, en flujo constante, sujeto a incesantes cambios y movimientos. Con la sola diferencia esencial de que lo que fuera para los griegos una intuición genial es en nuestro caso el resultado de una estricta investigación científica basada en la experiencia y, por ello, tiene una forma más terminada y más clara.[5]Con el levantamiento de Constantinopla y la caída de Roma termina el mundo antiguo, y con la caída de Constantinopla aparece indisolublemente entrelazado el final de la Edad Media. La época moderna comienza con el retorno a los griegos. ¡Negación de la negación![6]

Las ciencias naturales contemporáneas, se ven obligadas por su propio progreso, a adoptar un punto de vista dialéctico. Las ciencias naturales acuñan una cantidad inmensa de datos que deben ser ordenados, sistematizados y en los que, además conviene descubrir sus conexiones. Pero esto significa adoptar un punto de vista filosófico. El pensamiento filosófico, sin embargo, debe ser cultivado y la extrema división del trabajo en el campo de las ciencias, impide a los científicos cultivarlo. Éstos suelen, a falta de una perspectiva filosófica, repetir los mismos prejuicios que imperan en su tiempo; o a menudo, proclamar aquellas reflexiones filosóficas que ya han sido proclamadas en más de una ocasión y que, ya han sido penosamente refutadas. De todos los métodos del pensamiento sólo la dialéctica, que ha sido elaborada de la manera más completa por Hegel, ofrece un punto de vista certero para las ciencias naturales. “(…)la dialéctica es, precisamente, la forma más cumplida  y  cabal  de pensamiento para las modernas ciencias naturales, ya que es la única que nos brinda la analogía y, por tanto, el método para explicar los procesos de desarrollo de la naturaleza, para comprender, en sus rasgos generales, sus nexos y el tránsito de uno a otro campo de investigación.”[7]

II El materialismo y la dialéctica.

La concepción materialista, alcanza su madurez y más definitiva elaboración, con los grandes maestros de la clase obrera; dicha concepción no es otra cosa que una manera científica de interpretar el mundo, tratando de explicarlo por sí mismo, sin apelar a una ilusoria causa final, a un Dios, etc. y dejando de lado todo elemento sobrenatural. Como el mismo Engels lo explicó al reconocer como única y verdadera Causa finalis [causa última]: la materia y el movimiento inherente a ella.”[8] La filosofía materialista se caracteriza por estar siempre y en todo momento, buscando las causas de lo que se aparece como “inexplicable”, sin acudir a subterfugios cobardes como el apelo a las divinidades para todo aquello que simplemente no comprendemos, tratando de ocultar, con tales palabras, nuestra ignorancia; dejando a las futuras generaciones el conocimiento de las cosas que, dada nuestras limitaciones históricas, su conocimiento escapa a nuestras manos. “concebir materialistamente la naturaleza no es sino concebirla pura y simplemente tal y como se nos presenta, sin aditamentos extraños, y esto hizo que en los filósofos griegos se comprendiera, originariamente, por sí misma.”[9]

Esas son precisamente, pintadas a grandes rasgos, las características de la filosofía materialista. Su nombre proviene del hecho de ver en las cosas materiales, algo fundamental, cuya existencia descansa, en última instancia, en sí misma; sin negar la existencia del espíritu, pero viendo en éste, una dependencia hacia lo material.

La filosofía materialista ha existido mucho antes de Marx o Engels. Sin embargo, se había mostrado incapaz de dar respuestas satisfactorias a múltiples interrogantes. El materialismo por sí mismo es insuficiente. Ya Engels y Marx debieron combatir el llamado “materialismo vulgar” que se presentaba en su época. Éste al pretender desvincularse radicalmente de todo idealismo, echaba por tierra todo lo valioso que éste había producido. De ello, lo más valioso era el método de Hegel: el método dialéctico. El materialismo por sí mismo se vuelve unilateral. Es necesario que sea, no sólo materialismo, sino materialismo dialéctico.

Se puede definir la dialéctica como un método de interpretación de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento, que parte del hecho de que todo se encuentra en continua interacción y en continuo cambio y flujo. Hegel elaboró de la manera más completa sus leyes, pero éstas no son una invención suya. Ya en el pasado múltiples filósofos habían expresado ideas dialécticas. Comenzando con Heráclito, pasando por Platón, Aristóteles, Agustín, Bruno, Descartes, Leibniz, Spinoza, Kant y muchos otros más hasta llegar a Hegel. De manera que esto les ha sido impuesto a los filósofos, a veces de manera intuitiva, a veces de forma consciente. ¿A qué se debe ello? A que las leyes de la dialéctica existen de manera objetiva, mientras que los filósofos no han  hecho sino expresar este hecho. “Las leyes de la dialéctica se abstraen, por tanto, de la historia de la naturaleza y de la historia de la sociedad humana. Dichas leyes no son, en efecto, otra cosa que las leyes más generales de estas dos fases del desarrollo histórico y del mismo pensamiento.[10] Y la dialéctica de la mente es simplemente la imagen refleja de las formas de movimiento del mundo real, así en la naturaleza como en la historia.[11] En más de una ocasión se ha malinterpretado este último pensamiento de Engels. Se ha insinuado que la idea de éste es la de reducir el cerebro a un mero órgano reflector sin ninguna otra función. Nada más lejos del pensamiento dialéctico que este hecho. El hecho de que Engels mismo ocupe estas palabras, se debe a propósitos meramente didácticos. El cerebro no es un órgano que se limite a reflejar la realidad. Si eso fuera así, desaparecería cualquier necesidad investigativa y cualquier razonamiento; bastaría con pararse a contemplar el objeto indagado y dejar que el cerebro comience a desplegar su potencial “reflectivo”. Esto no es así, como el mismo Engels lo demuestra; el cerebro tiene una función mucho más importante: como órgano de la inteligencia que nos ayuda a indagar, interpretar, sistematizar, etc. Tomemos una de las leyes de la dialéctica, la ley del trueque de la cantidad en calidad y viceversa. Veremos que no se aplica de igual manera en una ciencia como la biología y otra como la geografía; y que a pesar de sus diferentes manifestaciones en la naturaleza, el cerebro es capaz de abstraerlas todas y agruparlas en una sola ley, lo que devela la enorme importancia de este órgano, que no participa de manera pasiva en el proceso de conocimiento, donde interviene, muy por el contrario, de manera activa.

III Materia, vida y sociedad.

“La materia se mueve en un ciclo perenne, ciclo que probablemente describe su órbita en períodos de tiempo para los que nuestro año terrestre ya no ofrece una pauta de medida suficiente; en el que el tiempo del más alto desarrollo, el tiempo de la vida orgánica y, más aún, el de la vida consciente de sí misma y de la naturaleza, resulta medido tan brevemente como el espacio en el que se hacen valer la vida y la autoconciencia; en el que toda modalidad finita de existencia de la materia, ya sea sol o nebulosa, animal concreto o especie animal, combinación o disociación química, es igualmente perecedera y en el que nada hay eterno fuera de la materia en eterno movimiento y de las leyes con arreglo a las cuales se mueve y cambia. Pero, por muchas veces y por muy implacablemente que este ciclo se opere también en el tiempo y en el espacio; por muchos millones de soles y de tierras que puedan nacer y perecer y por mucho tiempo que pueda transcurrir hasta que lleguen a darse las condiciones para la vida orgánica en un solo planeta dentro de un sistema solar; por innumerables que sean los seres orgánicos que hayan de preceder y que tengan que perecer antes, para que de entre ellos puedan llegar a desarrollarse animales dotados de un cerebro capaz de pensar y a encontrar por un período breve de tiempo las condiciones necesarias para su vida, para luego verse implacablemente barridos, tenemos la certeza de que la materia permanecerá eternamente la misma a través de todas sus mutaciones; de que ninguno de sus atributos puede llegar a perderse por entero y de que, por tanto, por la misma férrea necesidad con que un día desaparecerá de la faz de la tierra su floración más alta, el espíritu pensante, volverá a brotar en otro lugar y en otro tiempo.”[12]

En el universo no hay lugar para el vacío. Todo vacío es relativo. Las observaciones astronómicas nos han revelado que el espacio se encuentra por todas partes lleno de elementos como el gas interestelar detectado ya en 1904 por Hartmann.

Mas si no existe un vacío absoluto, eso significa que el universo es ilimitado, muy a pesar de las opiniones de muchos de nuestros científicos contemporáneos. Sin embargo, todo cuanto hay en él es perecedero, incluso las más extensas galaxias y, desde luego, nuestro sistema solar.

En 1755 Kant elaboró una teoría sobre el origen del sistema solar que luego Laplace desarrolló en 1796.  Según ella, el sol y el resto de los planetas se formaron a partir de la condensación de una inmensa nube de materia. Ya en la época de Engels esta hipótesis se había impuesto y era aceptada como básicamente correcta; luego, surgieron otras tesis acerca del origen del sistema solar que, no obstante resultaron ser insostenibles. La hipótesis de la nebular volvió a surgir en la década del 40 del siglo pasado, enriquecida por los enormes avances que había sufrido la ciencia. Hoy en día, esta hipótesis que fue desarrollada en el siglo anterior por el astrónomo alemán Carl F. Von Weizsäcker y el astrofísico sueco Hannes Alfven es considerada como la versión más probable sobre los orígenes de nuestro sistema solar.

Pero no solo nuestro sistema solar ha tenido un origen y tendrá, algún día un final, también las estrellas nacen y mueren. Antes de quedarse sin combustible, las estrellas evolucionan lentamente en un periodo que dura millones de años. Al llegar a un punto, la estrella experimenta un final violento y colapsa bajo su propio peso en menos de un segundo en el cual, una cantidad impresionante de energía es liberada. Los restos de la estrella se dispersan por el espacio. La materia no se destruye, ha sido siempre la misma. Nuestro planeta y nosotros mismos, estamos formados por restos de estrellas que alguna vez brillaron en el espacio. Durante mucho tiempo se pensó que las estrellas y los planetas eran perfectos e incorruptibles, ahora sabemos que comparten igual destino que el nuestro.

Pero si en apariencia, en el espacio las cosas se nos pueden presentar como fijas e imperecederas, distinto ocurre cuando nos adentramos en el terreno de lo microscópico. Así como un organismo unicelular sólo puede vivir por un instante insignificante en comparación con nuestro tiempo de vida, en el mundo subatómico nos encontramos con una realidad completamente nueva para lo que nos ofrece la cotidianidad. Los científicos quedaron sorprendidos cuando, tras ver al microscopio se encontraron con partículas cuya existencia era de una fugacidad cada vez mayor, hasta calcularse en una mil millonésima parte de un segundo. Estas partículas han sido llamadas, con mucha razón, partículas virtuales. Y sin embargo, el proceso es básicamente el mismo que el experimentado por la más enorme de las estrellas: nacer y morir, pero cualitativamente distinto. Este hecho rebela la conexión entre las distintas formas en que se manifiesta la materia, el movimiento se expresa de diferentes maneras dependiendo del lugar en el que se manifiesta, pero no deja de ser tal movimiento. Como ya había explicado Engels: “Pese a toda la paulatinidad, la transición de una forma de movimiento a otra es siempre un salto, una inflexión decisiva. Tal es el caso de la transición entre la mecánica de los cuerpos celestes y la de las masas menores situadas en uno de ellos; también la transición de la mecánica de las masas a la mecánica de las moléculas, la cual incluye los movimientos que estudiamos en lo que suele llamarse propiamente física: calor, luz, electricidad, magnetismo; así también tiene lugar la transición entre la física de las moléculas y la de los átomos la —química—, con un salto decisivo; y aún más visiblemente es éste el caso en la transición de la acción química común al quimismo de la albúmina, al que llamamos vida. Dentro de la esfera de la vida los saltos se hacen cada vez más escasos e imperceptibles.[13]

La materia no conoce la quietud, ni la más firme de las montañas ha sido eterna, ni los continentes han existido siempre tal y como los conocemos, ni serán siempre iguales, éstos se encuentran en permanente movimiento. El cambio experimentado por ellos no es, pese a todo, gradual, la naturaleza nos muestra que hasta el más firme de los accidentes geográficos puede formarse o desaparecer en un abrir y cerrar de ojos; eso es lo que sucede durante un terremoto, cuando la tierra, tan sólida bajo nuestros pies, se sacude repentinamente; fenómenos como este, erupciones volcánicas, tsunamis, etc., pueden hacer cambiar el paisaje abruptamente. En una frase, si bien los cambios geográficos pueden darse y se dan de manera gradual, estos cambios graduales pueden acumularse hasta dar lugar a cambios más o menos rápidos que se manifiestan en forma de catástrofes y conmociones. Por lo que aquí la cantidad muta en calidad, lo cual constituye una prueba de que la naturaleza se desenvuelve de acuerdo a leyes dialécticas. Pero más evidentes resultan la presencia de estas leyes en otros aspectos de la realidad, como por ejemplo las diversas formas en que se manifiesta la vida.

Así pues, la materia y el movimiento van siempre unidos ¿Cómo podría existir movimiento de la nada? Es evidente que esto es imposible pero también lo otro lo es, la presencia de la materia y la ausencia del movimiento. “El movimiento es el modo de existencia de la materia. Jamás y en ningún lugar ha habido materia sin movimiento, ni puede haberla. Movimiento en el espacio cósmico, movimiento mecánico de masas menores en cada cuerpo celeste, vibraciones moleculares como calor, o como corriente eléctrica o magnética, descomposición y composición químicas, vida orgánica: todo átomo de materia del mundo y en cada momento dado se encuentra en una u otra de esas formas de movimiento, o en varias a la vez.”[14]

De suyo se comprende que si la materia no conoce la quietud, tiende a transformarse constantemente. Ahí donde los elementos que la componen encuentran las condiciones propicias para hacerlo, es capaz de adquirir formas cada vez más complejas, y si estas condiciones son tan favorables, la materia puede desplegarse en toda la diversidad de su riqueza dando origen, en un proceso cuya duración trasciende los límites de nuestra imaginación, a las formas de los organismos vivientes. Estas condiciones han estado presentes en nuestro planeta, lo que ha hecho posible el surgimiento de todas las infinitas formas que ha adquirido la vida en él y cuyo esplendor sin duda, es mucho más maravilloso que cualquier fantástico paraíso celestial inventado por la más ingeniosa de las religiones.

Con el surgimiento de la vida, no encuentra final el desarrollo de la materia, ésta es sólo una forma de manifestación suya, una forma en la que aquella se manifiesta a un nivel superior. Engels define la vida como “el modo de existencia de los cuerpos albuminoideos (…)[15] Esta definición es, en esencia correcta, pero hoy nos es posible dar una definición de la vida más detallada; los seres vivos tienen en común el estar compuestos por ácidos nucléicos y proteínas.

Una vez constituida la vida, ésta se desarrolla sujeta a sus propias leyes. El surgimiento de las formas orgánicas de la materia representa siempre un salto de calidad, se desarrolla evolucionando en toda una diversidad de formas, se modifica, pero con su actividad, también modifica todo su entorno, influyendo sobre su medio a la vez que el medio influye sobre ella, en una relación recíproca.

En la vida se pone de manifiesto, el desenvolvimiento de la materia sujeta a leyes de carácter dialéctico. “La vida, el modo de existencia de un cuerpo albuminoideo, consiste, pues, ante todo en que en cada instante es él mismo y otro; y esto no a consecuencia de un proceso al que esté sometido desde fuera, como puede ser el caso también en cuerpos inertes. La vida, por el contrario, el intercambio químico que tiene lugar por la alimentación y la eliminación, es un proceso que se autorrealiza y es inherente, innato, a su portador, la albúmina, hasta el punto de que ésta no puede existir sin él.”[16] En los organismos vivientes se evidencia la unidad de las distintas formas de energía, en ellos tienen lugar, procesos de carácter químicos, físicos, mecánicos, etc. Luego de atravesar un extenso recorrido en el que las formas de vida atraviesan diversas fases, por fin la materia puede dar origen a criaturas pensantes; es un nuevo salto y con él, la vida y la materia se erigen en una esfera de desarrollo completamente nueva.

Así, el hombre ha surgido sólo al atravesar la vida, un proceso largo de evolución y no podía haber surgido sin él. La especie humana es el producto más complejo brotado de la naturaleza, sólo en gracia de ello ha podido erigirse en criatura dominante de todo el planeta. Con el surgimiento de la conciencia, la materia ha llegado a un punto en el que es capaz de conocerse a sí misma, es consciente de sí misma; la naturaleza se conoce, se comprende y puede ser dueña de su propio destino. La enorme diversidad cultural, los grandes progresos científicos, las impresionantes obras artísticas y arquitectónicas, las bastas ciudades, los grandes sucesos históricos, etc., nos sirven como pruebas empíricas al hecho de que es nuestra especie la que ha recibido de la naturaleza, el más preciado de los dones: la conciencia. “Con el hombre entramos en el campo de la historia. También los animales tienen su historia, la historia de su origen, descendencia y gradual desarrollo, hasta llegar a su estado actual. Pero esta historia no la hacen ellos, sino que se hace para ellos y, en la medida en que de ella participan, lo hacen sin saberlo y sin quererlo. En cambio, los hombres, a medida que se alejan más y más del animal en sentido estricto, hacen su historia en grado cada vez mayor por sí mismos, con conciencia de lo que hacen, siendo cada vez menor la influencia que sobre esta historia ejercen los efectos imprevistos y las fuerzas incontroladas y respondiendo el resultado histórico cada vez con mayor precisión a fines preestablecidos.”[17]

Solo los seres humanos han podido alcanzar un dominio y una comprensión sobre las leyes naturales que les han permitido modificar su entorno de manera consciente y les han hecho posible llegar a dominarlo. El dominio del hombre sobre la naturaleza se acrecienta a cada paso, sobre todo con el incesante avance de la ciencia. En ese sentido somos libres, en que, a diferencia del resto de los animales, nuestro obrar no está limitado por las barreras impuestas por la naturaleza, sino que somos capaces de derribar dichas barreras tan pronto como hemos podido descubrir las leyes bajo las que se rigen.

Pero ¿Cuáles han sido los resultados obtenidos hasta ahora? El hombre, que ha conquistado el dominio sobre la naturaleza y la ha esclavizado, también se ha esclavizado y dominado a sí mismo; gracias a la ciencia se ha liberado del yugo natural pero sólo para imponerse un nuevo y mayor yugo de carácter social; hemos llevado la producción hasta límites exorbitantes pero, todo lo que conoce la mayor parte de la población es la escases y la miseria; hemos desarrollado los medios y las premisas materiales para resolver los problemas que pesan sobre la humanidad, pero ésta no ha hecho sino incrementar el peso de sus problemas y sus necesidades; y si nos hemos elevado a un grado superior al resto de los animales, ha sido sólo para que el individuo se rebaje muy por debajo de estos, convirtiéndose en un mero instrumento al servicio de la producción, en lugar de poner a la producción al servicio suyo. Cada obstáculo derribado ha significado nuevos obstáculos con los que el hombre ha debido cargar.

Hasta ahora, el progreso histórico ha tenido un carácter contradictorio. Con el desarrollo de las fuerzas productivas, la sociedad humana llegó a un punto en el que tuvo que escindirse en clases sociales. El surgimiento de la civilización estuvo marcado por el surgimiento de la explotación de la gran masa de trabajadores por una minoría privilegiada que se hizo del control de la dirección de la sociedad completa. Todas las formas superiores de producción se tradujeron en la división de la población en clases y, con ello, en el antagonismo entre clases dominantes y oprimidas; y esto hizo que el interés de la clase dominante pasara a ser el resorte propulsor de la producción, en la medida en que ésta no se limitaba estrictamente a proporcionar el sustento a los oprimidos.[18] Pero el devenir histórico está sujeto a sus propias leyes y no acepta someterse a los caprichos de una clase determinada, el control social por una minoría ha tenido consecuencias trágicas ahí donde este control rebasa los niveles permitidos por el estado cosas existentes, consecuencias que ahora se muestran como más que evidentes. Además, división en clases significa también división en lo que sigue: todos los deberes para la mayoría, todos los derechos para unos pocos. Todas las conquistas sociales han venido, hasta ahora a beneficiar a las clases en cuya dirección reposaba ésta; la gran masa oprimida apenas y llega a ver algún beneficio obtenido por su esfuerzo físico, ni siquiera los más mínimos. Y no puede ser de otro modo, mientras la actividad histórica más esencial de los hombres, la que ha elevado al hombre de la animalidad a la humanidad y que constituye la base material de todas sus demás actividades, la producción para satisfacer sus necesidades de vida, que es hoy la producción social, se halle cabalmente sometida al juego mutuo de la acción ciega de fuerzas incontroladas, de tal modo que sólo en casos excepcionales se alcanzan los fines propuestos, realizándose en la mayoría de los casos precisamente lo contrario de lo que se ha querido.[19] Por eso, la mayoría de la humanidad apenas y se ha podido elevar por encima del nivel más primitivo, porque “Siendo la base de la civilización la explotación de una clase por otra, su desarrollo se opera en una constante contradicción. Cada progreso de la producción es al mismo tiempo un retroceso en la situación de la clase oprimida, es decir, de la inmensa mayoría. Cada beneficio para unos es por necesidad un perjuicio para otros; cada grado de emancipación conseguido por una clase es un nuevo elemento de opresión para la otra. La prueba más elocuente de esto nos la da la introducción de la maquinaria, cuyos efectos conoce hoy el mundo entero.”[20]

El examen del modo de funcionar del actual orden capitalista nos muestra que este opera de manera anárquica, descontrolada. La propiedad sobre los medios de producción se impone cada vez más como el mayor freno para lograr un sistema social armonioso y acorde al estado actual de la especie humana. Las cosas han llegado tan lejos que la misma supervivencia de la civilización está amenazada.

 ¿Es entonces el capitalismo el fin de la historia?

 Son las relaciones en el modo de producción capitalista las que nos han sumido en la penosa situación en la que nos encontramos, es por tanto, la disolución de ese tipo de relaciones el presupuesto necesario para superar tal condición. Hoy en día existen todas las premisas materiales para superar el actual régimen de explotación burgués, la sociedad humana puede dar paso a una economía planificada en la que se convierta en la real dueña de su propio destino. No hay razón para creer que lo más rico que ha brotado de la naturaleza: el espíritu pensante, haya por fin agotado sus posibilidades. Aún no conocemos ni mucho menos, todos sus alcances. La actual etapa en la historia humana más bien debe considerarse como un simple periodo de transición hacia una nueva y superior etapa. La especie humana aún es joven y no ha dejado de evolucionar, más bien es esa ingenuidad infantil la que nos hace pensar que hemos llegado al final del recorrido; pero las fuerzas caducas y reaccionarias del orden imperante se resisten a dar paso a lo nuevo y los actuales síntomas de agonía son el resultado de un sistema que se aferra a la vida pero que no tiene ya nada que ofrecer. De ahí que sólo por medio de una revolución violenta se pueda poner término a tan funesta situación, dando paso a una nueva época en la que hombres y mujeres puedan por fin actuar libremente y ser amos y señores de sus propias fuerzas.Sólo una organización consciente de la producción social, en la que se produzca y se distribuya con arreglo a un plan, podrá elevar a los hombres,  en el campo de las  relaciones sociales, sobre el resto del mundo animal en la misma medida en que la producción en general lo ha hecho con arreglo a la especie humana. Y el desarrollo histórico hace que semejante organización sea cada día más inexcusable y, al mismo tiempo, más posible. De ella datará una nueva época de la historia en la que los hombres mismos, y con ellos todas las ramas de sus actividades, incluyendo especialmente las ciencias naturales, alcanzarán un auge que relegará a la sombra más profunda todo cuanto hasta hoy conocemos.[21]

 

 

 

Bibliografía.

 

Engels, F., Dialéctica de la naturaleza, México, Grijalbo, 1982.

-       Anti-Dühring. México. Grijalbo. 1968

-       El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado., San Salvador, Edit. jurídica Salvadoreña, 2007.

Engels, F. y Marx, C. Ludwin Feuerbach y el fin de la filosofía clásica Alemana (y otros escritos sobre Feuerbach). Madrid. Fundación Federico Engels. 2006.

Woods, A. y Grant, T., Razón y revolución. Filosofía marxista y ciencia moderna, Madrid, Fundación Federico Engels, 2008.

Coggiola, O., El de más bajo perfil de los dos: Friedrich Engels y el marxismo político e internacionalista., Artículo de la revista “En Defensa del Marxismo”, Buenos Aires, diciembre 2006.


[1] Engels Federico. Anti-Dühring. P. 9.

[2] Engels Federico. Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. P. 37.

[3] Engels Federico. Dialéctica de la naturaleza. P. 157.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd. P. 12.

[6] Engels Federico. Dialéctica de la naturaleza P 161.

[7] Ibíd. P. 23-24.

[8] Engels Federico. Dialéctica de la naturaleza. P. 207.

[9] Ibíd. P. 168.

[10] Ibíd. P. 41.

[11] Ibíd. P. 172.

[12] Engels Federico. Dialéctica de la naturaleza. P. 20.

[13] Engels Federico. Anti-Dühring. P.54.

[14] Ibíd. P. 47.

[15] Ibíd. P. 70.

[16] Ibíd. P. 71.

[17] Engels Federico. Dialéctica de la naturaleza. P. 16.

[18] Ibíd. P. 153.

[19] Ibíd. P. 16.

[20] Engels Federico. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. p. 220.

[21] Engels Federico. Dialéctica de la naturaleza. P. 16-17.