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Mayo es el mes que marca el aniversario del natalicio de Karl Marx; el más grande maestro de la clase obrera y uno de los pensadores más importantes de todos los tiempos. En este mes en el que se cumplen 194 años del natalicio de tan grande pensador, y en el que nos encontramos en un momento coyuntural sumamente importante, toma especial relevancia recordar las ideas de este gran personaje de la historia. Sobre todo, teniendo en cuenta que en él se encuentran las más certeras respuestas y soluciones a problemas fundamentales que se imponen necesariamente en la actual sociedad burguesa y que emanan de ella. Como movimiento de resistencia comunista 5 de mayo, estamos convencidos de que en este momento histórico, el marxismo-leninismo, ciencia de la emancipación del proletariado, expresa el punto de vista social más certero de nuestros días (aún cuando no se limite a un simple punto de vista social, puesto que el marxismo se extiende más allá del ámbito social). Debido a lo correcto de los puntos de vista del marxismo, los teóricos de la clase dominante se esfuerzan en dirigir ataques constantes en contra suya, tratando de refutarlo reiteradamente, y saliendo penosamente derrotados en esos vanos intentos. En vida de Marx, jamás pudieron refutarlo a pesar de no ser pocos los intentos para ello. Hoy en día, a más de un siglo de su muerte, continúan los infructíferos esfuerzos por tratar de desmontar esta sólida doctrina. Es deber de los marxistas, difundir el pensamiento científico del proletariado, dar la batalla teórica y analizar el decadente actual mundo burgués con la valiosa herramienta teórica heredada por Marx, a fin de desenmascarar la naturaleza opresora y explotadora de la sociedad burguesa contemporánea para poder destruirla. La vida de Marx no es la vida de un simple hombre de ciencia, es más que eso. Karl Marx fue un luchador, para él no había, ni podía haber tarea más valiosa que la de luchar por la humanidad “Uno de sus lemas favorito era: ‘trabajar por la humanidad.’ ” (Lafargue Paúl. Recuerdos de Marx.) Y eso fue lo que siempre hizo, aún en los momentos en los que esta tarea demandaba enormes sacrificios. Marx fue uno de esos maestros que predican con el ejemplo. La práctica, había establecido, es el criterio de la verdad y fue en todo momento consecuente con ese pensar. Estudiar la vida de este gran hombre, es por sí mismo un acto que proporciona enormes enseñanzas, por eso ofrecemos ahora esta breve biografía que podría servir para conocer al menos en un pequeño grado, el carácter y la personalidad de una figura tan relevante; pues somos consientes que un intento de plasmar una vida tan rica y activa como la de Marx no puede, sin importar el esfuerzo que para ello se haga, dejar de quedarse corta.

Carlos Marx.

Primeros años y juventud.

Carlos Marx nació el 5 de mayo de 1818 en Tréveris, actual Alemania. Su padre Hirschel Marx (1782-1838) fue un abogado judío al servicio del gobierno prusiano que se convirtió al cristianismo con el nombre de Enrique Marx. Su madre llamada Enriqueta fue también judía, era natural de Holanda; si bien su existencia en la vida de Carlos Marx no es muy relevante. Nunca fue muy atenta con su hijo Carlos, de quien ya en su madurez no podía sino quejarse de que fuera un revolucionario y no “marchase por el camino recto”. Distintas fueron las cosas con su padre, a pesar de ser éste muy conservador y ver también con preocupación el futuro de su hijo, y el camino por el que se iba abriendo. Murió cuando Marx apenas había cumplido 20 años, debido a una enfermedad en el hígado que le resultó letal. Marx siempre le tuvo mucha gratitud, y solía conservar un retrato suyo que al morir, también le acompañaría a la sepultura.

Desde su temprana edad, Marx se caracterizaba por sus grandes dotes y espíritu culto. Al graduarse de bachillerato, su título hablaba de lo bueno que era para traducir los textos clásicos, aún aquellos difíciles y profundos. El trabajo de composición que llevaba por título “Reflexiones de un joven al elegir una carrera” fue calificado por sus jueces como excelente y caracterizado por: “su riqueza de ideas y buena distribución temática” y señalaban con especial énfasis una idea que les pareció interesante y que dice así: “Mas no siempre podemos lograr la posición a la cual creemos que somos llamados, nuestras relaciones en la sociedad están relativamente preestablecidas antes de que estemos en una posición de determinarlas.” En efecto, la frase señalada expresa una idea de aquello que estaba llamado a ser uno de los grandes descubrimientos con el que Marx inscribiría su nombre en la ciencia histórica; tenemos aquí, una semilla de la futura concepción materialista de la historia que iba a germinar en este genial pensador.

En 1835 se matriculó en la universidad de Bonn, ahí estudió por un año jurisprudencia. Al regresar de Bonn, con 18 años entró en relación formal con una compañera de juegos de su niñez y amiga íntima de su hermana Sofía; esta muchacha, llamada Jenny Von Westphalen que le llevaba cuatro años de edad, poseía un gran talento y un carácter extraordinario, carácter que la vida se encargaría de poner a prueba a lo largo de todo su matrimonio con Carlos Marx. Pertenecía a una familia acomodada, su ascendencia le aseguraba (lo mismo que a Marx) un brillante porvenir. Ella sin embargo, rechazó este seguro futuro en favor de la causa del proletariado y es admirable ver con que voluntad supo llevar este camino. En Jenny encontró Marx, no solo a una compañera sentimental, sino también a una de sus más fieles camaradas de toda la vida.

Berlín y los Jóvenes Hegelianos.

El 22 de octubre de 1836 Marx quedó matriculado en la Universidad de Berlín, su padre lo había enviado a ahí motivado por su patriotismo prusiano, entre otras cosas. La idea de ir a Berlín no le resultaba muy agradable a Marx, ni siquiera la filosofía de Hegel a la que pronto se adheriría con tanta fuerza, y que ahí reinaba le resultaba que se diga, muy atractiva. Esto, así como muchos otros aspectos interesantes, los pone de manifiesto en una carta enviada a su padre, en la que hace un balance de su primer semestre de estudios. En ella, resulta impresionante la notoria evolución teórica que Marx iba sufriendo, y que detalladamente narra. Anuncia su acercamiento a un grupo de jóvenes hegelianos de izquierda; a pesar de estudiar la carrera de jurisprudencia (explica) ésta no significa para él sino una disciplina secundaria, al lado de la historia y la filosofía.

Cuando Marx entabló contacto por vez primera con la filosofía de Hegel, no le hizo ninguna gracia (la calificó de grotesca melodía pétrea). Sin embargo, tuvo tiempo para estudiarla más profundamente, aprovechando el descanso que le otorgó una enfermedad. Además el club de jóvenes hegelianos con los que había dado, le permitió ampliar los horizontes de esta filosofía.

La filosofía de Hegel era considerada por aquel entonces, la filosofía oficial del Estado Prusiano, esto sin embargo, entraba en contradicción con el método dialéctico que Hegel profesaba.  De ahí que la alianza entre el Estado prusiano y Hegel, estaba condenada al fracaso desde sus inicios.

En el círculo de los Hegelianos de izquierda, influyeron notablemente en Marx, especialmente Köppen y Bruno Bauer. Éstos le llevaban unos diez años, pero pronto comprendieron la enorme capacidad del muchacho y le tomaron mucho aprecio. Köppen llegó incluso a dedicarle una obra polémica que publicó en 1840 y en cuyas primeras páginas se leía “A mi amigo Carlos Enrique Marx de Tréveris”, obra que Köppen publicaba con motivo del centenario del rey Federico de Prusia. Marx asimiló mucho de Köppen y, aunque sus caminos pronto habrían de separarse, conservó con él siempre una buena amistad.

El verdadero jefe de los jóvenes hegelianos era Bruno Bauer, éste se alzaba en contra de los evangelios, demostrando que no eran más que meros inventos de los poetas antiguos. Cuando estas ideas maduraban en él, era Marx su fiel amigo, en quien aquel veía, su más capaz aliado. Bauer sacaba, en este punto conclusiones erróneas acerca de los orígenes del cristianismo. Según él, el cristianismo había cambiado el mundo antiguo; la filosofía “pura” creía, había de hacer lo mismo ahora con mayor facilidad. Estas conclusiones las extraía Bauer de sus estudios sobre las filosofías que surgieron al final del mundo antiguo: Estoicismo, escepticismo y epicureísmo. Todas a las cuales consideraba como las fuentes teóricas que habían dado origen al cristianismo. De ahí que el estudio de estas filosofías adquiriera gran importancia para él.  Marx, llevado por su sed de conocimiento abordó por sí mismo la cuestión, pero de una manera diferente, yendo a las fuentes históricas de las mismas.

Marx se graduó en 1841 presentando una tesis que lleva como título “Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y en Epicuro”. Ya en esta primera obra, se nos aparece el joven Marx como un espíritu original, como un investigador riguroso que no se da por satisfecho hasta haber consultado todas las fuentes posibles. Esta característica la mantendría durante toda su vida, como investigador y hombre de ciencia que siempre fue. Especialmente llamativa se presenta la obra en el prólogo, que irradia un fervoroso ánimo combativo con el cual, Marx anunciaba el carácter de aquel joven que iniciaba su vida profesional como pensador; y que aquí se mostraba con toda la energía de su juventud:

“La filosofía, mientras una gota de sangre haga latir su corazón absolutamente libre y dominador del mundo declarará a sus adversarios junto a Epicuro: ‘no es impío aquel que desprecia a los dioses del vulgo, sino quien se adhiere a la idea que la multitud se forma de los dioses’.

La filosofía no oculta esto. La profesión de fe de Prometeo: ‘En una palabra, ¡Yo odio a todos los dioses!’…

Pero a los despreciables individuos que se regocijan de que en apariencia la situación civil de la filosofía haya empeorado, ésta a su vez les responde lo que Prometeo a Hermes, esclavo de los dioses:

‘Has de saber, que yo no cambiaría mi mísera suerte por tu servidumbre. Prefiero seguir a la roca encadenado antes que ser el criado fiel de Zeus’.

En el calendario filosófico, Prometeo ocupa el lugar más distinguido entre los santos y los mártires.”(Marx Carlos. Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y en Epicuro. Madrid. Ayuso. P. 11)

Así terminaba el prólogo de su primera obra, y no deja de ser sorprendente cuanto la vida se esforzó en hacerle comprobar la sinceridad de estas palabras, pronunciadas en momentos en el que el confort aún le estaba garantizado. Ésta condición pronto cambiaría y no lo volvería a acompañar en ningún instante de su vida, con lo que también Marx tuvo la oportunidad de demostrar que en su interior yacía latente un Prometeo destinado a librar las más feroces de las batallas.  Aquí aún se mantenía en el terreno del idealismo, combatía la religión en la cual veía la causa de la opresión, oponiéndole la fuerza liberadora de la filosofía. Sin importar lo errado de este punto, la potencia con la que era expresada aquella crítica no deja de ser admirable y asustaba ya entonces a más de alguno de sus amigos. Éste ímpetu enérgico con el cual se oponía a sus adversarios le fue característico a lo largo de su vida.

Al graduarse, pretendía publicar su tesis y habilitarse como profesor; pero las circunstancias se encargaron de frustrar sus planes incluso antes de que pudiera graduarse, debiendo terminar su tesis y el doctorado en una pequeña universidad, pues las cosas se habían puesto feas en Berlín. Bauer había tenido que abandonar su cátedra por culpa del gobierno y su política reaccionaria; con ello se le cerraban también a Marx, todas las puertas para ingresar a la universidad.

Comienzo de la actividad política de Marx: La Gaceta del Rin y los Anales franco-alemanes.

Mientras tanto, el nuevo rey se había declarado “partidario de la libertad de prensa”, pero no estaba dispuesto a tolerarla incondicionalmente. Y para que quedara claro, en 1841 mandó a chantajear a Arnoldo Ruge con que, a no ser que su periódico se sometiera a la censura sería retirado de circulación. Esto hizo que Ruge incrementase su tono radical llamando la atención de Marx y Bauer que se dispusieron a colaborar en él. Marx envió a Ruge un artículo que atacaba el nuevo decreto de la censura promulgado por el rey. Con este genial artículo inicia Marx su carrera política. El artículo, que lleva por título: “Observaciones sobre la reciente instrucción prusiana de la censura” pone en evidencia, a través de una crítica tajante, las contradicciones lógicas que se ocultan tras ese decreto. El artículo no pudo ser publicado en Prusia y tuvo que ver la luz en Suiza.

Por su parte, la Gaceta del Rin había comenzado a publicarse en Colonia desde el 1 de enero de 1842. Marx comenzó a colaborar con dicho periódico, enviando sus artículos desde Bonn, sobresaliendo rápidamente por encima del resto de colaboradores; y en el otoño de 1842 fue puesto a la cabeza del periódico. Con Marx al frente, el periódico acentuó su carácter democrático-revolucionario, haciendo que el gobierno volviese sus ataques furiosos contra él; hasta que, finalmente, fue sometido a doble censura y decretada su suspensión.

En este periodo, Marx rompe con los jóvenes hegelianos debido a las marcadas discrepancias teóricas. Y se dispone a fundar, en 1843 con Ruge, una revista radical con el título de “Anales franco-alemanes”. La edición del periódico estaba casi asegurada. Bajo esta perspectiva, Marx se casa con Jenny el 19 de junio de 1843 y en noviembre de ese mismo año, trasladan su residencia a París, ciudad en la cual tenían planeado comenzar la publicación de su revista.

La revista sin embargo, no tuvo tanta fortuna. Sólo vio la luz un número doble, publicado a finales de 1844. A pesar de ello, tuvo muchos colaboradores, alemanes en su mayoría. Entre ellos figuraba, por vez primera Federico Engels, quien era el más joven de ellos. El mayor obstáculo con el que se debió enfrentar la revista, fue la discrepancia entre sus dos directores. A estas discrepancias, se le unieron los ataques de la reacción prusiana, que acusando al periódico de infringir en “delito de alta traición” y de “lesa majestad” giró instrucciones para detener a sus más cercanos colaboradores, tan pronto pisaran suelo prusiano. Estos hechos, que dificultaron enormemente la edición de otros tirajes, fueron las causas de la ruptura entre Marx y Ruge.

En la revista, Marx publicó dos artículos: “La introducción a la crítica de La Filosofía del Derecho de Hegel” y un comentario  a dos trabajos de Bruno Bauer sobre “La cuestión judía”. En estos textos se rebela el enorme salto que en su conciencia había sufrido aquel joven pensador. Aquí tenemos, ya desarrollados, en sus aspectos esenciales, los rasgos pertenecientes a las ideas filosóficas que Marx habría de desarrollar (el apelo a la praxis, la relación entre teoría y práctica, relación entre Estado y sociedad, la idea de una emancipación humana y del hombre como ser genérico y no individual, etc.).

Periodo en Francia y expulsión.

 Marx aprovecha su estancia en Francia para estudiar profundamente la historia de la revolución francesa. Este estudio lo llevó a contemplar la historia de Francia como una serie de luchas de clase, cuyo origen parecía desvanecerse en la oscuridad del medioevo. Es aquí, cuando Marx se forma su concepción del carácter de la lucha de clases, cuya indagación de sus causas emprendió posteriormente de manera más profunda, apoyándose del estudio de la economía burguesa. Otro terreno en el cual incursionó, estando en Francia, fue la filosofía materialista del siglo XVIII, en la cual, la burguesía revolucionaria de aquel siglo encontró su mejor arma teórica, en contra de la nobleza feudal reaccionaria que gobernaba en aquella época. Marx estudió especialmente la corriente materialista que arrancaba de Locke y desembocaba en la ciencia social de Helvetius y d’Holbach, siendo el materialismo de estos dos el que se trocaría en base social para el comunismo científico. Además, estudió también las teorías sociales de los grandes socialistas franceses, pues en aquella época, París era el lugar más adecuado para emprender dicho estudio.

En París circulaba un periódico alemán llamado “Vorwaerts” con el cual, Marx comenzó a colaborar. Pero el gobierno Prusiano logró hacer que se expulsaran de Francia a todos los involucrados en dicho órgano y Marx debió trasladar su residencia a Bruselas.

Pero los acosos del gobierno de Prusia no cesaron en Bruselas. Éste intentaba por todos los medios, hacer que se le expulsase también de Bélgica; debido a esto, Marx tomó la decisión de renunciar a su nacionalidad Prusiana. El gobierno Francés, por su parte le ofreció la nacionalidad francesa, pero Marx se negó a aceptarla.

Federico Engels.

Engels visitó París en septiembre de 1844, de paso por esta capital, pudo conversar por primera vez con Marx, comprobando, los muchos puntos que tenían en común; hecho que ya había quedado rebelado en los “Anales franco-alemanes”. A partir de ese momento, Engels se convertiría en su más fiel camarada y el amigo más íntimo de su vida.

Federico Engels pertenecía a una familia acomodada. Su padre era un fabricante; de ideas conservadoras. No fue la miseria la que lo llevó a adoptar ideas revolucionarias, sino su aguda inteligencia. En 1842 Engels viajó a Manchester para ocuparse de los negocios de su padre. Ahí pasó dos años. Sin embargo, su viaje no se redujo simplemente a las cuestiones de negocios; en ese momento, Inglaterra era la nación capitalista más avanzada de todo el mundo. Al encontrarse en ese lugar, Engels hizo un estudio de la sociedad inglesa, el resultado fue una de sus primeras obras, en la cual se expresan sus ideas de una manera notablemente formadas y que es conocida bajo el título de: “La situación de la clase obrera en Inglaterra”. En efecto, fue en Inglaterra donde su pensamiento tomó su verdadero carácter revolucionario. Tiene especial valor la idea expresada por vez primera por Engels aquí, y en la cual devela los efectos que tiene la producción de la vida económica en todos los ámbitos sociales, idea ésta, que constituye uno de los fundamentos del marxismo.

Siendo amigos y habiéndose acercado a las mismas ideas, cada uno por su lado; se encontraban ya en posición de emprender trabajos conjuntamente. El primero de los muchos trabajos que echaron adelante juntos, a lo largo de su vida, fue consagrado a liquidar su pasado con los jóvenes hegelianos y su idealismo. Esta obra, que ha llegado hasta nosotros con el título de “la sagrada familia” es una obra fundamental para comprender la evolución en el pensamiento filosófico de ambos autores y marca un punto de quiebre en la evolución teórica de los dos fundadores de la teoría y la práctica revolucionaria del proletariado.

En 1845 Engels se trasladó a Bruselas y juntos emprendieron un viaje de estudios por Inglaterra. En este viaje pudo Marx, incursionar un poco mejor en las obras de los grandes economistas ingleses. Al regresar de este viaje, se dieron nuevamente a la tarea de elaborar otra obra común cuyo objeto, era analizar críticamente las doctrinas filosóficas de Alemania y esclarecer su conciencia filosófica. De esto resultó un extenso manuscrito, “La ideología alemana” que no pudo ser publicado en vida de los autores.

También en Bruselas, Marx evalúa críticamente las concepciones del socialista pequeñoburgués Proudhon,  lanzando en francés, su obra “Miseria de la filosofía”, como respuesta a la obra “Filosofía de la miseria” de este último. En esta obra encontramos expuesta por primera vez, la concepción materialista de la historia, elaborada por Carlos Marx y Federico Engels.

Hasta 1847, la colonia comunista de Bruselas se había desarrollado considerablemente. Marx y Engels mantenían, además, comunicación con otras organizaciones francesas y con los cartistas ingleses, los cuales, poseían gran influencia en la fracción inglesa de la liga de los justos. En 1847, la liga de los justos envió a uno de sus dirigentes llamado José Moll, para invitar a ambos a unirse a la liga. La liga de los justos decidió publicar un panfleto en el que se expusieran las ideas de Marx y en el que quedaran plasmadas las intensiones de la liga, así como los principales puntos de su programa. Dicho panfleto fue publicado bajo el nombre de “El manifiesto del partido comunista”. Antes de eso, Marx había convencido a los miembros de la liga, de lo inapropiado del término “justo” y de que sería más apropiado sustituirlo por el de comunista, por lo que a partir de ese momento, la liga pasó a denominarse como liga de los comunistas.

El periodo revolucionario de 1848-1849.

El 24 de febrero de 1848 la revolución derrocó al rey de la burguesía francesa. Este hecho conmocionó gran  parte de Europa, y Bélgica, donde se encontraba Marx, pudo sentir como la tierra se sacudía bajo sus pies. El rey Leopoldo de Bélgica, mandó a disolver cualquier tipo de reuniones y asambleas del pueblo, y se dispuso a perseguir a todos los refugiados extranjeros, entre quienes se encontraba el mismo Marx, quien luego de ser detenido, marchó hacia París.  La liga de los comunistas transfirió todas sus facultades de dirección a Marx ya en pleno estado de guerra. Éste se encargó de formar un nuevo comité central, desde el cual, estuvo muy atento, apoyando el proceso revolucionario que se vivía también en Alemania, donde él mismo se trasladó tras haber finalizado la revolución de marzo, con el propósito de fundar, la Nueva Gaceta del Rin en la que él mismo figuró como director.

La importancia del papel desempeñado por aquel periódico, en un periodo tan convulsionado, salta a la vista al momento de leer cada uno de los artículos publicados en él.

Tres eran los contendientes en aquella revolución: la nobleza feudal reaccionaria; la burguesía revolucionaria, pujante por hacerse del poder político y el naciente proletariado, que aparecía, por prístina vez en escena.

El verdadero conflicto por el poder político tenía lugar, realmente, entre los dos primeros contendientes. Sin embargo, la burguesía, demasiado débil para hacer una revolución por sí misma, se veía forzada, a aliarse con el proletariado para luchar en contra de la reacción. Pronto, no obstante, debió darse cuenta de lo peligroso que era su aliado para ella misma. La burguesía, asustada por los pasos dados por los obreros en Francia, temía que los obreros alemanes caminasen en la misma dirección.  Y he aquí que recurrió a una maniobra cobarde, decidiendo pactar con la monarquía y la nobleza feudal. Ya en junio se daban pasos hacia atrás; todas las conquistas arrancadas a la monarquía, las derrotas infringidas a ésta, simplemente, se las tiraba por la borda, devolviéndoles el poder. La reacción veía, con gusto, como la burguesía temerosa le devolvía el poder.

El periódico de Marx se alzó resueltamente, desde el primer momento frente a este fatal proceso. Marx no se limitaba a apoyar el proceso democrático-burgués revolucionario puesto en marcha en Alemania. Insistía siempre (y eso fue lo que hacía de aquel periódico, un arma tan temible para las clases dominantes) en señalar, a los obreros su independencia política e intereses propios, que deberían conquistar, tan pronto como la burguesía lograse tomar el poder. A pesar del poco apoyo, y de las dificultades económicas con las que la Nueva Gaceta del Rin tuvo que cargar (la mitad de los accionistas se retiró, tan pronto se publicó el primer número y, la otra mitad pronto hizo lo mismo), gracias a la acertada dirección de Marx, pronto el periódico se convirtió en el más famoso de los años en los que duró la revolución. Todos los ejemplares se vendían como pan caliente.

La política exterior del periódico, giraba en torno a combatir a Rusia, quien en ese momento representaba el baluarte de la reacción europea. Esta política fue mantenida en cada uno de los números del periódico.

Vemos el genio del fundador de la doctrina científica del proletariado, que supo convertir al periódico, en una eficaz arma de lucha de la clase obrera. El gobierno se esforzó en todo momento por acabar con dicho órgano, pero no fue capaz de ello hasta mayo de 1849, cuando, tras sofocar diversas sublevaciones obreras, la contrarrevolución pudo por fin sentirse a salvo y con fuerzas suficientes para prohibir el periódico. Marx, Engels y el resto de redactores no tuvieron más remedio que acatar, no sin antes lanzar un último número impreso en tinta roja, en el que se despedían de sus lectores y, a la vez advertían a los obreros en contra de todo intento desesperado.

La contrarrevolución triunfante expulsó a Marx, quien se marchó a París. Pero, poco después, tras la manifestación del 13 de junio de 1849, el gobierno francés decidió expulsarlo nuevamente y Marx se trasladó a Londres, donde permanecería hasta el final de sus días.

Exilio en Londres.

En Londres, con algunas excepciones, se reunieron los antiguos miembros de la liga. También se integraron nuevos miembros. Marx y Engels que veían a la vuelta de la esquina una nueva revolución, se proponían preparar al proletariado para nuevos combates. A tal fin pusieron en marcha, la reorganización de la liga y redactaron, en marzo de 1850, una circular del comité directivo, en la que exponían las estrategias que la liga habría de seguir. La idea central expresaba que la pequeña burguesía intentaría dirigir una nueva revolución, el proletariado debía apoyarla, mas no dejarse engañar por la fraseología democrática, sino tener su propio plan; a fin de obrar no para la causa de la democracia burguesa, sino lograr que la democracia pequeñoburguesa y burguesa obraran para el proletariado.

A pesar de todo, la revolución no llegó en ese momento. Y su retraso tuvo efectos desastrosos entre los emigrados de Londres. Sus ánimos iban incrementándose a favor de una revolución ilusoria, cerraban los ojos, se resistían a aceptar que, por el momento, la revolución no llegaría. Al mismo tiempo, aumentaban con esa desilusión, el recelo entre ellos; las pasiones se volvieron desenfrenadas hasta que por fin, el 15 de septiembre de 1850, quedó planteada abiertamente la escisión.

A falta de una perspectiva revolucionaria, lejana por el momento, Marx decidió “tomar un respiro” para dedicarse a sus trabajos teóricos. Engels volvió a las oficinas de sus fábricas de hilados Ermen & Engels. Así, ese periodo de tiempo se caracterizó, por el aislamiento en el que ambos pensadores vivieron, a pesar de ello, no abrazaron en ningún momento, la idea de alejarse del terreno de la lucha política. Siguieron colaborando con los cartistas y mantenían la idea de sostener, la Nueva revista del Rin (periódico que ellos habían fundado en Londres).

La situación familiar de Marx era, por otro lado, muy difícil. Debió mudarse de domicilio varias veces y, quien más sufría la desastrosa situación económica en la que se encontraban era su esposa. Por esos años, en noviembre de 1849 nació su hijo, al que llamaron Guido; pero el pequeño tuvo que sufrir especialmente, la carga que aquellas penurias le imponían y murió apenas al año de haber nacido. Marx no era un hombre al cual las dificultades vencieran fácilmente, veía el futuro de manera optimista, encontrando consuelo a su poca alentadora situación, en la biblioteca del British Museum.

También por esa época, iba entablando Marx, relaciones con Norteamérica; tanto así que, el periódico más leído de aquel entonces, el New York Tribune, le propuso su colaboración permanentemente, escribiendo en sus columnas. Gracias a esto, Marx pudo dar a luz un trabajo suyo en mercado norteamericano.

Weydemeyer, un viejo amigo de Bruselas se había visto obligado a emigrar a Norteamérica con su familia, a fin de escapar a la persecución sufrida por los comunistas. Marx le había aconsejado establecerse como redactor de algún periódico, para poder publicar ahí, los artículos de la Nueva Gaceta del Rin y, también, llevar la ideología del proletariado hasta el otro lado del Atlántico. Pronto Weydemeyer le notificaba, estar a la espera de poder publicar un semanario, bajo el título de “La Revolución” y le rogaba enviase, cuanto antes mejor, nuevos trabajos. Marx acogió la noticia con mucho entusiasmo, apresurándose a reunir los trabajos que pudo de Engels, Freiligrath, etc. En cuanto a él, comenzó a preparar un trabajo sobre el golpe de Estado de Bonaparte, que entonces significaba un enorme acontecimiento de la política europea.

Esa obra, no obstante, no fue escrita en las mejores condiciones. “El 18 Brumario de Luis Bonaparte” (que es el título de dicha obra), fue escrito en momentos en los que Weydemeyer también sufría de problemas económicos, que le obstaculizaban sostener a flote su periódico; Marx, comenzaba a sufrir los efectos de la enfermedad y de la pobreza, la cual se convertía poco a poco, en su más íntima compañía y le agobiaba cada vez, con mayor intensidad. En abril de 1852, Marx enterraba a otro hijo, esta vez una niña llamada Francisca que también, apenas tenía un año de vida.

A pesar de todo, al fin obtendría Marx al menos una buena noticia en aquella difícil situación. Pronto Weydemeyer le enviaba una nueva carta, en la que le anunciaba que un obrero emigrado de Fráncfort le había donado sus ahorros, unos $40.00 gracias a lo cual, la obra de Marx pudo ser publicada. ¡Qué magnifica contribución había realizado aquel obrero alemán al proletariado y cuan bellamente se puso de manifiesta la solidaridad obrera, se puede ver al leer tan magistral obra, la cual gracias la bondad de aquel obrero pudieron disfrutar, los trabajadores de la época de Marx!

Tras el golpe de Estado de Luis Bonaparte, venía unido el proceso de los comunistas de Colonia. Marx debió enfrentarse a un juicio. Los procesos en su contra, tenían la intensión de juzgarlo junto a los demás miembros de la liga. Marx a la par del resto de los obreros acusados, hizo frente a tales ataques y pudo salir vencedor en esa contienda.  Sin embargo, pese a no haber pruebas, el jurado decidió condenar a siete de los onces procesados. Este proceso fue lo que aceleró la disolución de la liga de los comunistas que a partir de entonces dejó de existir.

Luego de este episodio, Marx volvió a dedicarse únicamente a sus investigaciones científicas; se mantuvo aislado casi por completo de toda la sociedad. De su cuarto de estudio sólo salía para hacer vida de familia, ésta contaba, desde enero de 1855 con un nuevo miembro: una niña, la cual recibió el nombre de Eleanor. Marx, a quien le gustaban mucho los niños, dedicaba sus pocas horas libres a jugar con sus hijos; éstos le tenían mucho cariño y le apodaban amablemente “el Moro”, sobrenombre que hacía referencia a su tez morena y pelo negro. Los domingos se los dedicaba enteramente a su familia y solían salir a pasear por el parque. Años después su hija recordaba alegremente este hecho con las siguientes palabras: “era en su relación con los niños donde Marx era quizá más encantador. No ha habido compañero de juegos más agradable para los niños. El recuerdo más antiguo que tengo de él data de mis tres años de edad, y ‘el Moro’ (Tengo que usar el viejo apodo familiar) me llevaba cargada sobre sus hombros alrededor de nuestro pequeño jardín en Grafton Terrace poniéndome flores en mis cabellos castaños. El Moro era, en opinión de todos nosotros, un esplendido caballo. (…) Pero si el Moro era un excelente caballo, tenía otra cualidad superior. Era un narrador único, sin rival. (…) A mis hermanas ­­­–yo era entonces demasiado pequeña- les contaba cuentos cuando iban de paseo, y aquellos cuentos se medían por millas no por capítulos. ‘cuéntanos otra milla’, era la petición de las dos niñas. Por mi parte, de los muchos cuentos maravillosos que el Moro me contó, el más delicioso era ‘Hans Röckle’. Duró meses y meses; era toda una serie de cuentos. ¡Lástima que nadie pudo escribir aquellos cuentos tan llenos de poesía, de ingenio, de humor! (…) el Moro también les leía a sus hijas. A mí, y a mis hermanas antes, me leyó todo Homero, todos los Niebelunges Lied, Gudrun, Don Quijote, Las mil y una noches, etcétera. Shakespeare era la Biblia de nuestra casa, siempre en boca de alguien y en manos de todos. Cuando cumplí seis años me sabía de memoria todas las escenas de Shakespeare. (…) Y así, en los años de mi niñez y mi adolescencia, el Moro fue el amigo ideal. En la casa todos éramos buenos camaradas y él era siempre el más bondadoso y de mejor humor. Aún durante los años de sufrimientos, cuando estaba constantemente enfermo, cuando sufría de carbunclos, aún hasta el final…(Marx-Aveling. Karl Marx (Notas dispersas))

Pero las cosas distaban de ser alegría pura. El “viernes santo” de 1885, la muerte les arrebataba a su único hijo llamado Edgar, que moría a la edad de 9 años y a quien cariñosamente apodaban “Mush”. Esto conmocionó terriblemente a la familia entera, pues el niño era muy apreciado por todos. Las cartas de Marx a Engels, en las que le informa del triste suceso, adquieren un verdadero sentido desgarrador, pudiéndose percibir, a través de ellas, todo el sufrimiento que aquella pérdida debió causar a la familia. Aunado a esta tragedia, tuvo que soportar la muerte de algunos viejos camaradas de la liga, en tanto que otros se dispersaban por el mundo.

Las penurias económicas distaban mucho de abandonarle, volcando su furia hacia él, incluso con mayor fuerza. En 1857 la crisis había estallado en los EE.UU y pronto Marx pudo percibir sus efectos al serle reducidos a la mitad sus ingresos a través de la New York Tribune. Su salud también estaba quebrantada y, por si no fuese suficiente el martirio, en julio, su mujer dio a luz a un niño muerto, lo que dejó profundas huellas dolorosas en su imaginación y recuerdo.

Pero la crisis había sido recibida con anhelo por parte de Marx, quien veía en ella el sinónimo del despertar del movimiento obrero. Las cosas, sin embargo, no ocurrieron como él esperaba y tuvo tiempo suficiente para editar y publicar su libro “Contribución a la crítica de la economía política” en 1859.

La asociación internacional de los trabajadores.

Desde finales de los años 50’s y en el transcurso de la década del 60, el movimiento obrero volvió a entrar en actividad, fortaleciéndose constantemente. Marx pudo, en virtud de ello, poner en práctica un proyecto que desde hace algún tiempo la necesidad había venido clamando. El 28 de septiembre de 1864 fue fundada en Londres, en un gran mitin celebrado en el St. Martin Hall, La Asociación internacional de los trabajadores. Marx asistió a dicho mitin como invitado. Como hemos explicado, permanecía absorbido totalmente por sus trabajos científicos, debido a lo cual, había estado alejado de todo movimiento político hasta entonces. A partir de ese momento, las cosas cambiarían; así pudo comprenderlo el propio Marx que vio en aquella organización algo importante que le devolvía la vida a la clase obrera.  Debido a eso, aceptó formar parte del comité y de la sección encargada de redactar un proyecto de programas y estatutos.

En sus inicios, la internacional era un núcleo de dirigentes sindicales muy reducido. Eran necesarios muchos esfuerzos para lograr que creciera, tarea la cual demandaba de una persona muy habilidosa. Esta persona era Marx; por ello, pronto debió ponerse a la cabeza, pues para ello, no había nadie tan indicado como él.

Por ese entonces, Marx comenzaba a pensar que su contribución más importante hacia la clase obrera, era la terminación de su más destacada obra: El capital, a la cual como él mismo decía, había sacrificado la salud, la felicidad y familia. EL primer tomo se encontraba ya finalizado en 1865, pero sólo en forma de un enorme manuscrito ininteligible.  A partir de enero de 1866 se dedicó a pasarlo en limpio; y por fin, en los años 1866-1866 pudo enviarlo a la imprenta. El 16 de agosto de 1867 finalmente le comunicaba a Engels que se acababa de dar el tiraje del último pliego. Al principio, la obra tuvo una acogida modesta. Sin embargo, pronto causaría tremenda sensación, traduciéndose a varios idiomas.

Entretanto, la Internacional comenzaba a dar sus primeros pasos en la vida práctica. Apoyaba la lucha del pueblo irlandés sometido al yugo que Inglaterra le imponía. Marx veía en la emancipación de Irlanda, la emancipación del mismo proletariado inglés, pues la burguesía inglesa se mantenía fuerte gracias a la dominación sobre Irlanda y la emancipación del proletariado inglés significaba, según Marx, la emancipación obrera en Europa. En Francia, Bonaparte comenzaba a asustarse seriamente por la ola de huelguistas que comenzaba a tener lugar en aquel país y comenzaba a ver en la internacional, un verdadero enemigo, dirigiendo en contra suya no pocos ataques. Por su parte, en Bélgica la Internacional, apoyando activamente las luchas de los obreros belgas, se convertía en blanco de ataques por parte del gobierno.

Con el crack de 1866, la internacional sufrió un vertiginoso auge. Esto se manifestó en huelgas generales en los países de mayor desarrollo capitalista. Todas esas huelgas fueron apoyadas por la Internacional decididamente; unificando las luchas de los obreros de varios países. Las olas de huelgas pudieron incluso cruzar el océano, llegando hasta los Estados Unidos, donde la Internacional comenzaba a cobrar vida.

En medio de esta profunda crisis capitalista, fue celebrado el congreso más concurrido, en la historia de la primera Internacional, en Bruselas, los del 6 al 13 de septiembre de 1868.

Por este tiempo Bakunin comenzaba sus campañas, aunque aún no trabajaba desde el interior de la Internacional como lo haría más tarde, muy en perjuicio de ella.

Bakunin pertenecía a una organización llamada “Liga por la paz y la libertad” a la cual intentó imponer sus ideas. Al no lograr tal objetivo, se separó de ella para fundar una nueva organización bajo el nombre de “Alianza de la democracia socialista”, en la que estableció su propio programa. La Alianza pidió al consejo general de la Internacional que se le aceptase como miembra de ésta; pero debido a las tremendas discordancias teóricas entre los programas de la Alianza y la Internacional, el consejo no accedió. Por lo que, la Alianza anunció (falsamente) su disolución, siendo admitida el 22 de enero en el seno de la Internacional.

Las fricciones entre Marx y Bakunin comenzaron a sentirse pronto. En 1869 se celebró el congreso anual de la internacional en Basilea. Bakunin había propuesto que se examinase la eliminación del derecho a herencia; pero Marx dirigió el debate en contra de aquella propuesta, demostrando que el derecho de herencia no era el fundamento de la propiedad privada, sino viceversa. Este debate no era, sin embargo, más que el comienzo del duelo ideológico que tendría lugar entre ambos, a lo largo de toda la historia de la Internacional.

La comuna de París y el declive de la Internacional.

El 19 de junio de 1870 estalló la guerra franco-prusiana. Pronto se hizo evidente la superioridad de las tropas prusianas sobre las francesas. El 28 de enero de 1871 capituló París. Las elecciones a la asamblea nacional arrojaron una mayoría monárquico-reaccionaria que elevó a la presidencia al igualmente reaccionario Thiers. Su primer paso fue el de desarmar París. El 18 de marzo quiso robarle los cañones a la guardia nacional. Pero ésta se negó a entregarlos; mientras que las tropas que habían sido destacadas para arrebatárselos pasaron a las filas de la guardia nacional. La guerra civil había comenzado.

El 26 de marzo comenzó la vida de la Comuna de parís. Sin embargo, ésta tuvo que combatir durante su breve periodo de existencia contra todo el mundo burgués, que de inmediato volcó todo su peso sobre ella. Finalmente, el 28 de mayo caían los últimos defensores de la comuna.

Marx, que había seguido con entusiasmo el levantamiento parisino, se dispuso, en momentos en los que todo el mundo oficial celebraba la derrota de los sublevados, a reivindicar a los héroes y mártires del levantamiento. Dos días después de caer la comuna, sometía al consejo general, la alocución sobre “La guerra civil en Francia” en el que analizaba de un modo profundo, certero y materialista, la vida de la comuna: “El París de los obreros, con su Comuna, será eternamente ensalzado como heraldo glorioso de una nueva sociedad. Sus mártires tienen su santuario en el gran corazón de la clase obrera. Y a sus exterminadores la historia los ha clavado ya en una picota eterna, de la que no lograrán redimirlos todas las preces de su clerigalla.”( Marx  Carlos. La guerra civil en Francia. Fundación Federico Engels. Madrid. 2003. pág. 94.)

Así terminaba la alocución, en la que aún hoy se puede sentir con todas sus fuerzas, el espíritu entusiasta con el que Marx enarbolaba el honor de los obreros caídos. Este texto, constituye sin duda, uno de los más interesantes escritos que salieron de su pluma. Era tanta la energía revolucionaria que esta alocución irradiaba, que inmediatamente toda la Europa burguesa se abalanzó furiosa en contra de la Internacional; ésta debió afrontar persecuciones en todas las secciones que habían permanecido activas.

Sumado a estos ataques represivos, la Internacional tuvo que cargar con las discordias intestinas que, a partir de entonces adquirieron proporciones enormes. La crisis comenzó con la tendencia de Bakunin formada en Suiza; pero pronto, esta tendencia fue arraigándose en los países donde la Internacional no estaba plenamente consolidada y el movimiento obrero contaba con un grado de desarrollo incipiente. Sobretodo Italia, España y Bélgica.

Los bakuninistas se quejaban del “autoritarismo” del concejo general y especialmente de Marx; acusaban a este último de querer imponer un gobierno internacional con predominio alemán. Resulta evidente lo absurdo de tales acusaciones; en el fondo no eran sino simples excusas para ocultar sus verdaderas intensiones: apoderarse del concejo general e imponer su programa anarquista. El curso de los hechos se encargó de demostrar por sí mismo, sus verdaderas intensiones. La burguesía veía sonriente este espectáculo ofrecido por los bakuninistas y, aprovechándose de ello, intentó reforzar sus propias acusaciones hacia la doctrina del comunismo como “una doctrina autoritaria”.

En septiembre de 1872 tuvo lugar el congreso de La Haya. Fue aquí donde estalló la discusión sobre el consejo geneal. Los bakuninistas argumentaban que la clase obrera no se mantenía unida gracias a ningún organismo de dirección, sino gracias a sus propias condiciones en la sociedad burguesa. En especial Marx y Lafargue defendieron la existencia de un consejo general y su posición resultó triunfante, con 36 votos contra 6 y 15 abstenciones. Entonces Engels propuso que el consejo se trasladase a Nueva York (lo cual era una medida para salvar a la Internacional de los enormes problemas que tenía encima), y luego de una fuerte resistencia, la medida fue aprobada; aunque los blanquistas Ranvier, Vaillant, entre otros, vieron en esto, una “huida cobarde” de la revolución europea, debido a lo cual abandonaron el lugar.

En el congreso se había formado un comité de 5 miembros que examinó toda una serie de peticiones y escritos relacionados con Bakunin y su alianza. Al finalizar la sesión, se examinó el informe de la comisión el cual afirmaba: Que existía una alianza secreta con estatutos que contradecían a la internacional; esto, se decía, era un hecho con pruebas. En segundo lugar, Bakunin se había valido de maniobras fraudulentas para apoderarse de propiedades de otros y había recurrido a intimidaciones para escapar a sus obligaciones.

Por lo tanto; se pedía la expulsión de Bakunin, Guillaume y el resto de sus partidarios de Bakunin en la internacional. Dicha expulsión se llevó a cabo contra Bakunin por 27 votos contra 7 y 8 abstenciones; y contra Guillaume por 25 votos contra 9 y 9 abstenciones.

Con el congreso de La Haya, termina la historia de la internacional en realidad; ésta, ya había cumplido con su misión histórica. Luego de dicho congreso, la internacional sólo vivió para ratificar su fallecimiento. Tras el congreso de La Haya, los inconformes convocaron a un nuevo congreso. Hales, Eccarius y Jung fueron los mayores impulsores de dicho congreso. Debido a su fuerte influencia, lograron convencer a la mayoría y sacar adelante el congreso. En él, se condenó fuertemente al concejo general y al congreso de La Haya. El congreso votó unánimemente contra los acuerdos de La Haya y se negó a reconocer al concejo general domiciliado en Nueva York.

El sexto congreso celebrado en Ginebra no fue sino para oficializar la defunción de la Internacional. La afluenia que tuvo fue muy baja y Marx, a quien no le gustaba engañarse a sí mismo declaró abiertamente que el congreso había sido un fracaso y aconsejó al concejo general no poner énfasis en la organización por el momento, pero sí mantener el concejo general en Nueva York. Era la desición más sabia en ese momento. La Internacional había perdido su razón de ser. En 1876 el consejo general publicó que la Internacional había dejado de existir oficialmente. Esto no era, sin embargo una derrota para el movimiento obrero que había pasado a una etapa superior, y la misma internacional habría de renacer una década y media después, cuando el proletariado mundial, se encontraba en vísperas de obtener nuevas victorias.

Los últimos años.

Tras la disolución de la Internacional, Marx se retiró de la escena de la vida práctica. A finales de 1873 se retiró nuevamente a su cuarto de trabajo, pero esta vez para siempre. La intensa actividad que le exigió Internacional, le había dejado con prácticamente ningún tiempo para terminar su obra El capital. La tarea más importante que tenía ahora ante sus ojos, era la de terminar dicha obra; la cual resultaba fundamental para el proletariado, como lo habría de demostrar el paso de los tiempos. De ahí que se dedicara plenamente en sus últimos años a terminar los restantes tomos de su obra. Durante este periodo, tenemos a un Marx trabajando  hasta altas horas de la noche; de su cuarto de trabajo al que entraba por la mañana, no salía más que para comer o para, de vez en cuando dar un pequeño paseo.  Estos sacrificios científicos eran, para él, una pasión. Creía una suerte el poder dedicarse a la labor de las ciencias y pensaba que cualquiera que tuviera semejante dicha, debería poner sus habilidades al servicio de la humanidad. Pues el papel de la ciencia (nos enseña Marx) es el de liberar al ser humano.

Mas esto no significa que tuviera todas las facilidades para ejercer la labor investigativa. Las cosas estaban muy lejos de ser color de rosa para él. La pobreza y las enfermedades parecían, no tener la intensión de abandonarlo. En la primavera de 1865, Marx y su familia volvieron a cambiar de domicilio. Aunque permanecieron en el mismo barrio, se trasladaron al número 41 de Maitland Park Road, Haverstock Hill, donde Marx pasó sus últimos años.

El enorme trabajo que le impuso El capital, así como toda la labor que había ejercido en la Internacional, hicieron que su salud se viese seriamente minada. Las enfermedades fueron progresivamente acentuándose, al grado de hacérsele cada vez más difícil proseguir su trabajo.

Pero las desdichas no sólo se cernían sobre él, sino también sobre su familia. Desde 1878, su esposa se había mostrado gravemente enferma. De esta enfermedad no se pudo recuperar. Pronto una entristecedora noticia confirmaba que el padecimiento de su esposa era un cáncer que irremediablemente acabaría con su vida, lenta y dolorosamente. Finalmente el 2 de diciembre de 1881 fallecía su mujer, tras una prolongada agonía en medio de atroces torturas. Para comprender el tremendo sufrimiento que trajo para él la muerte de su esposa, habría que ver todo lo que aquella maravillosa mujer había significado para Marx. Ellos se habían comprometido cuando éste apenas tenía diecisiete años, teniendo que esperar siete largos años para casarse en 1843. Desde entonces jamás se separaron. Ella había sido su colaboradora en el más pleno sentido de la palabra; en ella encontró consuelo y a veces era la única que lo mantenía animado, en los momentos más duros. Como mencionamos, descendía de una familia aristocrática alemana, su línea materna se remontaba a la familia de los Duques de Argyll, su hermano era ministro del rey de Prusia. Nada de esto le importó. Todo lo abandonó para seguir el mismo camino con Marx y jamás se lamentó de haber tomado semejante decisión, ni en los momentos más sombríos que debió vivir a lo largo de su matrimonio, el cual siempre sobrellevó con la mayor de las alegrías, como ella misma explicaba en una ocasión “No crea usted que estas mezquinas preocupaciones me han derrotado: sé demasiado bien que nuestra lucha no es aislada y que, en particular, soy de los privilegiados, felices y favorecidos puesto que mi amado marido, el sostén de mi vida, está todavía a mi lado.” (Jenny Marx. Carta a Joseph Weydemeyer 20 de mayo de 1850.)

Tras la muerte de su mujer, la vida de Marx sólo fue una sucesión de sufrimientos físicos y morales que debió soportar con gran fortaleza y que a pesar de todo, lo llevarían a la tumba quince meses después de la muerte de su compañera.

Lo único que aún le aferraba a este mundo, era el tremendo anhelo de llevar a fin, la obra que tantos dolores de cabeza le había infringido. A pesar de ello, las enfermedades le impidieron poder volver a poner una pluma en sus trabajos.

La vida no se mostraba en su mejor esplendor en esos momentos para Marx, después de todos los males que aquel había tenido que sobrellevar. Ésta, no obstante, aún le guardaba  un último y definitivo golpe que su pobre y debilitado cuerpo, simplemente no pudo resistir: la repentina muerte de su hija Jenny el 11 de enero de 1883.  Y el 14 de marzo de 1883 le sobrevino el desenlace,  y Marx se quedó dormido para siempre. Su cuerpo fue enterrado el sábado 17 de marzo en el cementerio londinense de Highgate junto al de su mujer. Sus más leales camaradas acompañaron sus restos hasta la tumba y Federico Engels le dirigió un último saludo.

Bibliografía:

-          Engels Federico. Carlos Marx. Texto disponible en http://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/cmarx.htm

-          Lenin V. I. Carlos Marx. Texto disponible en http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/carlos_marx/index.htm

-          Mehring Franz. Carlos Marx Historia de su vida. Fondo de cultura económica. México. 1960.

-         Engels: Marx y la Neue Rheinische Zeitung

-          Jenny Marx. Carta a Joseph Weydemeyer 20 de mayo de 1850.

-          Marx-Aveling. Karl Marx (Notas dispersas)

-          Marx Carlos. Diferencia de la filosofía de la naturaleza en Demócrito y en Epicuro. Madrid. Ayuso.

-          Carlos Marx. La guerra civil en Francia. Fundación Federico Engels. Madrid. 2003.

-          Lafargue Paúl. Recuerdos de Marx.

 

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